En un mercado que ofrece empleo a menos del 25% de este colectivo, Gloria, Rita y Rodrigo se han abierto espacio. Falta camino por recorrer, dice la patronal de los centros especiales

Gloria tiene 35 años y trabaja en el Museo Andaluz de la Educación; Rodrigo trabaja en el Centro
Especial de Empleo y como «azafato en eventos importantes» y Rita en un departamento dedicado a
materiales de merchandising de la Fundación Prodis. Los tres tienen síndrome de Down. Los tres,
según aseguran por medio de comunicaciones escritas individuales, querían salir al mercado laboral
una vez concluidos sus estudios básicos. En el caso de Gloria comenzó haciendo cursos de
manipulación de alimentos, auxiliar educativa, jardinería, tecnologías de la información, prevención de
riesgos laborales. Sus primeras prácticas las tuvo en 2010 en un supermercado de Málaga y en un
vivero, al cuidado de las plantas. Ahora está de cara al público, sobre todo niños de excursión colegial o
en campamentos que van al museo. «Me gusta mucho», dice en su carta. «Evaluamos sus capacidades,
sus intereses, su motivación y en qué entorno pueden desarrollarse mejor», asegura Albert Campabadal, presidente de la Confederación Nacional de Centros Especiales de Empleo (Conacee), que representa a las entidades que emplean personas con discapacidad, donde trabajan Gloria, Rita y Rodrigo.
«Analizamos habilidades como la autonomía y la capacidad de relacionarse, seguir rutinas o aprender
tareas nuevas. Además, cada persona con discapacidad o con síndrome de Down es diferente, y cada
puesto de trabajo no se adapta solo a su condición en este sentido, sino a la persona. Buscamos dónde
pueden aportar valor y qué apoyos necesitan para hacerlo bien». En España, menos del 25% de las
personas con síndrome de Down tienen un empleo, sea en el mercado ordinario o de forma protegida,
según los datos oficiales. Los puestos habituales pueden ser en limpieza, jardinería, logística, atención
al cliente, tareas administrativas o en servicios sociales. Buscan trabajo y pocos lo encuentran.
«Algunas personas necesitan entornos muy pautados y tareas repetitivas, mientras que otras pueden
desenvolverse en puestos con más interacción o responsabilidad. La clave está en ajustar el puesto a la
persona, no al revés», dice Campabadal. Según sus perfiles, acceden después de pasar por «unidades de
apoyo», con psicólogos, trabajadores sociales o preparadores laborales, que continúan un seguimiento.
«Ese acompañamiento es fundamental ya que facilita la adaptación, resuelve dificultades y ayuda a que
la experiencia laboral sea estable». Tener trabajo es un paso necesario para la independencia, «uno de
mis mayores logros», dice Rita, que vivió primero en un «piso de entrenamiento» y ahora comparte
casa con cuatro «compañeras». Esos deseos de autonomía, «que poco a poco fui consiguiendo», nació
nada más terminar el colegio, dice. Coincide con ella Rodrigo, un «veterano» que comenzó en
«manipulados» y «trabajos nuevos» y juega al pádel y hace natación. «Me gusta hacer las cosas por mí
mismo». Ambos están «contentos». Esa independencia «se nota en cosas muy concretas. Se organizan
mejor, toman decisiones, gestionan su dinero, se desplazan solos, ganan confianza», dice Campabadal.
«El trabajo actúa como un catalizador de todo eso». Con el empleo, la vida les cambia. «Además de
independencia económica, les da identidad, autonomía y libertad», valora Campabadal. «Se sienten
útiles, valorados, parte de un equipo. Mejora su autoestima, su seguridad y su forma de relacionarse
con el mundo. Muchas familias nos dicen que hay un antes y un después. Y es verdad, tener un empleo
es tener un proyecto de vida». Además, «sin empleo, existe un alto riesgo de aislamiento, dependencia
y menos oportunidades de desarrollo personal. El trabajo no lo es todo, pero sí es una pieza clave para
construir una vida autónoma y digna». Sin embargo, «la transición hacia la empresa ordinaria (desde
estos centros especializados en abrir las primeras puertas) sigue siendo difícil», reconoce Campabadal.
Si quieren dejar la «empresa ordinaria» por «no encontrarse a gusto» no hay «incentivos» públicos para
que regresen a sus antiguas colocaciones. La diferencia está en que en los centros «existe una
adaptación total del puesto y ritmos de trabajo ajustados» y en las empresas, no. Allí «el trabajador con
discapacidad se puede encontrar con una mayor exigencia y menos apoyos». Temen dar el paso. A
Gloria le gusta «escuchar música, participar en actividades y conocer gente nueva» y es consciente de
que las «personas con síndrome de down», como ella, necesitan «apoyo, confianza». Asegura que su
familia le dice que ella es «alegre». Pero queda camino por recorrer para que haya una tasa de empleo
similar a la media española. «Hace falta un cambio cultural y medidas concretas.
Más empresas comprometidas, más adaptación de puestos, más formación ajustada a la realidad del mercado, más apoyo a la transición al empleo ordinario y más facilidad por parte de la Administración para la contratación de talento diverso», afirma Campabadal.
«La inclusión no es solo responsabilidad del ámbito social, sino del conjunto del tejido empresarial».